El gato de Los Bermejales: laguna práctica en los seguros y en los protocolos de emergencia

El coche de Los Bermejales con el cartel de aviso. | MJF

El caso del gato atrapado dentro del vehículo de un vecino de Los Bermejales que estaba de vacaciones en Roma, a más de 2.000 kilómetros de distancia, y que no dio permiso a los bomberos para que tocaran su vehículo para salvar el animal plantea, según las fuentes consultadas, al menos tres cuestiones en las que podría verse implicada cualquier persona en una situación similar: el deber moral de salvar un animal, el problema jurídico de quién puede autorizar que se haga daño a un bien ajeno y, finalmente, la derivada económica de quién debe soportar el pago de esos daños.

Los lectores interesados en esta historia se preguntarán qué ocurrió finalmente con el gato atrapado dentro de un coche aparcado en la avenida de Francia (barrio de Los Bermejales, en Sevilla capital) y cuyo propietario se hallaba de vacaciones en Roma. Nadie de los consultados en el barrio puede certificar con total seguridad el final feliz, pero todos los indicios recabados apuntan a que, siguiendo las instrucciones desde Italia del dueño del vehículo, un familiar de aquél accedió al interior del mismo y pudo levantar el capó para que el animal escapara.

Y, desde luego, el coche ya no permaneció aparcado en la misma avenida y habría sido conducido al lugar más alejado posible, no fuera que el gato le hubiera cogido querencia a refugiarse dentro del vehículo.

Los gatos buscan con frecuencia el compartimento del motor, por tres razones: conserva calor/frescor durante horas tras ser apagado el vehículo, ofrece un refugio oscuro y protegido y, en entornos urbanos, podría resultar más seguro guarecerse allí que permanecer a ras de suelo.

A raíz de este caso, en Sevilla capital hemos recogido el testimonio sobre otro similar acaecido en Triana, tal como se refleja al final del texto. Ocurrió hace un decenio, hecho que denotaría que este tipo de sucesos no son de ahora ni excepcionales, pese a lo cual esta casuística no es contemplada por las compañías aseguradoras de automóviles.

Asimismo, en Málaga, a las 2 de la madrugada del 27 de diciembre de 2024, una joven alertó de que circulaba con su automóvil por la capital de la Costa del Sol y vio un pequeño gato cruzando la carretera. Al parar para no atropellarlo y retirarlo del carril, se le metió el felino por debajo de su coche en la zona del motor. A partir de ahí ya no se atrevió a mover más el vehículo y comenzó el operativo de los bomberos municipales para extraer el felino. Los trabajos duraron hasta prácticamente las cuatro de la madrugada. Afortunadamente, todo terminó bien y el gato apareció en brazos de uno de los bomberos que llevó a cabo el rescate.

El coche de Los Bermejales con carteles avisando sobre el gato dentro

Si en la provincia de Sevilla había en diciembre de 2025 cerca de 74.000 gatos registrados oficialmente (además de cientos de miles de otros animales de compañía), nos hallamos ante una población felina muy importante. Además, esa cifra sólo refleja los gatos inscritos en el Registro Andaluz de Identificación Animal. A la misma habría que añadir los gatos comunitarios de las colonias felinas y aquellos que aún no están identificados, aunque la legislación actual obliga progresivamente a su identificación.

En la ciudad de Sevilla, por ejemplo, el Ayuntamiento tiene censadas 97 colonias felinas con más de 1.300 gatos comunitarios, una cifra que sigue actualizándose conforme avanza el programa CER.

Desde un punto de vista estadístico, eso significa que la probabilidad de que algunos de esos animales busquen refugio en el compartimento del motor de un coche no es en absoluto despreciable. Si además tenemos en cuenta que miles de vehículos permanecen inmóviles durante días o semanas en la vía pública, muchas personas se ausentan por vacaciones y que los gatos buscan lugares protegidos, el supuesto deja de ser excepcional y pasa a convertirse en un riesgo de baja frecuencia pero perfectamente posible.

LAS CUESTIONES DEL CASO

Si el dueño del vehículo aparcado en una avenida de Los Bermejales y que estaba de vacaciones en Roma hubiera autorizado la intervención de los bomberos para salvar el gato atrapado en el compartimento del motor y aquéllos hubieran causado daños al coche, ¿la compañía de seguros del automóvil le habría compensado económicamente por los desperfectos sufridos?

Según las fuentes consultadas, la respuesta más rigurosa es «depende de la póliza, pero en muchos casos, probablemente no».

El motivo es sencillo.

El seguro obligatorio del automóvil no cubre daños sufridos por el propio vehículo asegurado; sólo responde frente a terceros.

A partir de ahí entran las garantías voluntarias:

-Un seguro a terceros normalmente no cubriría unos daños provocados deliberadamente para rescatar un animal.

-Un todo riesgo podría llegar a cubrirlos si la póliza no excluye los daños intencionados realizados por terceros en una actuación de emergencia, pero no existe una cobertura estándar para este supuesto.

-Algunas compañías podrían rechazar el siniestro alegando que no existe accidente, incendio, robo ni ninguna de las contingencias aseguradas.

Es decir, estamos ante un supuesto bastante atípico.

No se conoce ninguna aseguradora española que publicite expresamente una cobertura del tipo «daños ocasionados para rescatar un animal atrapado».

EL AYUNTAMIENTO, POR SUS BOMBEROS

¿Y habría tenido que responder el Ayuntamiento en caso de que el Cuerpo municipal de Bomberos hubiera causado daños al vehículo para salvar el gato?

Aquí aparece otro matiz interesante.

Si los bomberos, en el ejercicio de un servicio público de emergencia, hubieran decidido romper una ventanilla o desmontar parte del vehículo porque hubieran considerado que existía un riesgo grave e inmediato para la vida del animal, podría llegar a discutirse una eventual responsabilidad patrimonial de la Administración, pero tampoco sería automática.

El gobierno local podría defender que actuó en una situación de necesidad y/o que el propietario consintió la actuación; o que el daño era inevitable para salvar una vida. No se conoce jurisprudencia española consolidada sobre un caso exactamente igual a éste.

En tal hipótesis, las fuentes consultadas aconsejan al propietario de un vehículo en tal situación que pida que la actuación quede documentada por escrito (informe de los bomberos, fotografías y justificación técnica), porque esos documentos serían fundamentales si posteriormente intentara reclamar al seguro o, en su caso, a la Administración.

Este caso pone de manifiesto un vacío normativo: vivimos en una sociedad donde la legislación reconoce cada vez más la protección y el bienestar de los animales, pero ni la normativa sobre seguros ni muchos protocolos de emergencia parecen haberse adaptado plenamente a estas situaciones, de ahí que decisiones que moralmente parecen sencillas puedan convertirse, para el propietario del vehículo, en un auténtico dilema jurídico y económico. Ninguna aseguradora parece haber abordado este tema de forma específica. Sería muy útil que las pólizas incluyeran una cláusula del tipo: "Daños ocasionados al vehículo por actuaciones de los servicios de emergencia destinadas a evitar un riesgo grave para personas o animales".

No sería una cobertura de uso frecuente, pero tampoco parece un riesgo económicamente inasumible para las compañías, y evitaría que el propietario tuviera que decidir entre su patrimonio y la vida de un animal.

LA PREGUNTA DE FONDO

La pregunta de fondo que hay que hacerse es no tanto si una persona en esta situación daría permiso para que los bomberos rompieran el coche, sino «¿por qué un ciudadano tiene que asumir en solitario ese dilema cuando actúan los servicios públicos para salvar una vida?». Es una cuestión de política pública y de distribución del riesgo, no sólo de sensibilidad hacia los animales.

Este asunto merecería una reflexión más amplia por parte de aseguradoras, fabricantes y Administraciones. Del mismo modo que existen protocolos para vehículos que obstaculizan una emergencia o para rescatar a una persona encerrada accidentalmente, no sería descabellado que existieran criterios claros para actuaciones destinadas a salvar animales cuando ello exige intervenir sobre un vehículo.

También los fabricantes de automóviles podrían aportar soluciones. Igual que muchos modelos incorporan apertura remota mediante aplicaciones móviles, podría imaginarse un sistema que permitiera, con autorización del propietario, desbloquear el capó o abrir el vehículo de forma segura cuando intervienen los servicios de emergencia. Hoy parece futurista, pero técnicamente no lo es.

Por último, esta noticia deja varias enseñanzas prácticas, a juicio de las fuentes consultadas:

-Si el coche va a permanecer muchos días estacionado en la vía pública es recomendable dejar a una persona de confianza una copia de la llave.

-Facilitar a esa persona autorización para mover el vehículo si surge una emergencia.

-Si el vehículo dispone de acceso remoto mediante aplicación móvil, comprobar antes del viaje qué funciones permite realizar.

-Revisar la póliza y preguntar expresamente a la compañía aseguradora cómo actuaría ante daños ocasionados por un servicio de emergencias.

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El dueño del coche no es el malo

Los bomberos lanzan alertas, especialmente en invierno, para que tengamos cuidado con los gatos cuando se esconden en los motores de los coches cuando hace frío. En cambio a mí me ocurrió en pleno verano, al igual que al vecino de Los Bermejales, y fuimos nosotros los que tuvimos que reparar el vehículo y no fue directamente por salvar al felino.

Finales de julio de 2016, viernes poco caluroso y acabábamos de llegar a casa tras una operación dental. Mi padre me llama y directamente me pregunta: “¿Y el gato?” “¿Qué gato?” “El del coche”. Desconcertada, no sabía qué contestar. “Que ha llamado la Policía Local, que les han llamado y que tienes un gato en el coche encerrado”. Me asomo a la ventana: veo mi coche, seis y poco de la tarde, nadie en la calle. “Bajo a ver, si llaman diles que me hago cargo, que no se preocupen”.

Efectivamente. Bajo sin las llaves y cuando me acerco al coche, oigo el maullar del gato. Nadie por la calle. Subo a por las llaves y cuando voy a abrirlo para intentar que salga el gato, una pareja de vecinos: “¿Es tuyo el coche? Llevamos todo el día escuchando el gato”. “¿Habéis sido vosotros los que habéis llamado a la Policía?”. Incredulidad en su cara. Evidentemente, no habían sido ellos. Eso sí, el coche (había llovido barro días antes), estaba lleno de avisos en el capó y en los cristales: “Cuidado, gato encerrado”.

Me monto y consigo abrir el capó. Ahí está el gato. Más vecinos; todos han escuchado al gato pero nadie ha llamado a la Policía. Al gato le dio por bajarse del coche cuando iba a cogerlo. Cierro capó. Se vuelve a meter dentro del motor. Repito operación. Los vecinos, atentos al espectáculo. Se suman más. Media Triana ha escuchado al gato, nadie ha llamado a la Policía. Al cuarto intento, consigo engañar al gato y lo pillo por el jopo. Apenas tiene dos meses, está bien alimentado y se agarra a mi mano. Los vecinos celebran la captura. “¿Te lo vas a quedar?”.

Comienzo a intentar que alguno de los presentes se lo quede. Nada. Cierro el coche y empiezo a peregrinar de bar en bar a ver si encuentro a alguno que quiera quedárselo. El gato bebe y parece que se ha encaprichado conmigo. Voy a un par de tiendas. Nadie quiere al gato, que casi dormita. Opto por subirme con el gato a casa, pero antes me paso por el bar de siempre para pedir un poco de leche. Tampoco quieren al gato y me marcho con la leche en un vaso de plástico y el felino, ya casi encariñada (yo), a casa.

Cruzo y me encuentro un matrimonio con su hija junto a mi coche. Estaban intentando ver si seguía el minino dentro y, cuando me ven, la niña se lanza a darle cariñitos al gato. Finalmente, lo coloco: tienen una casa con jardín, a la pequeña le encantan los animales y la pareja parece “güena gente”. Me juran y perjuran que lo van a cuidar mucho y se van con el lindo gatito. Es ahí cuando miro el coche y pienso que habría que limpiar los mensajes de aviso que alguien me dejó.

Sobre las ocho bajo y veo a una muchacha que, aún montada en su bicicleta pero sobre mi coche, estaba dando golpes desesperada en el capó gritando. “¿Se puede saber qué hace?” Histérica me cuenta que hay un gato en el coche, que ha debido morir porque ya no lo escucha, que lleva todo el día dando vueltas y el dueño no aparece… Y sigue dando golpes. Y que ha llamado a la Policía…

“¿Pero quiere dejar de dar porrazos en mi coche?”. La cara se le cambia. “¿Y dónde está el gato?”. La pregunta iba con tono de acusación y antes de que continúe, le corto. “¿Pero usted no ha llamado a la Policía para que el dueño saque al gato?”… “Sí, pero la Policía no hace nunca nada…” Ahí la corté, había colmado mi paciencia y la bici seguía sobre mi capó. “La Policía no sólo ha localizado al dueño sino que además el dueño ha sacado al gato y lo ha colocado con una familia que tiene hasta jardín…”

La joven (no tan joven) no sabe dónde meterse, balbucea con tono de súplica y perdón… “Pues es que, intentando abrir el capó, le he roto una cosa del coche… lo del agua… ese de ahí”… Era uno de los difusores (eyector) del limpiaparabrisas. Y yo me enciendo en ese momento. “¿Qué has tratado de abrir el capó de un Volvo por fuera, con tus manos?”. “Yo te lo pago, yo te lo pago…” “Anda, anda, lárgate de aquí, te mato si te vuelves a acercar a mi coche…” Y la muchacha, por fin ,quitó la bici de mi coche y se largó.

Luego miré el seguro e hice algunas preguntas. No, ese tipo de daños no lo cubre el seguro, que el coche duerme en la calle, y, además, no la he denunciado. Cierto que me encendí con la muchacha, cierto que podría haber aceptado que me pagara el eyector, pero no la quería ni ver en ese momento, aunque desde luego, no cabe en mi cabeza denunciarla por eso. El eyector se cambió en la siguiente revisión del coche antes de la ITV. Y espero que el gato haya sido feliz y también haya hecho feliz a la pareja y a su hija durante muchos años.

Carmen del Toro